“Creo que el cine profundo no tiene necesidad de ser aburrido”

Un juez que mira siempre su conveniencia, una fiscal que le interesa ascender a toda costa, una abogada que nunca pudo defender a un inocente y la Justicia que mira para otro lado. Cualquier semejanza con una instantánea de un Juzgado de la Argentina no es pura coincidencia. Por allí transita “El peso de la ley”, la ópera prima de Fernán Mirás, que se estrena hoy en Rosario, en la que el actor se anima a ir detrás de la cámara para dirigir a sus ex compañeros, Darío Grandinetti, Paola Barrientos y María Onetto. “Al dirigir se abre un abanico tal, que es como si sintiera que estoy cambiando de piel y empezando de nuevo”, le dijo a Escenario el intérprete y flamante realizador y coguionista.

—¿Qué pasó para que aquel pibe de 18 años que hacía de hijo de Oscar Martínez en “El protagonista” sea ahora director de cine?

—Lo que me pasa es que yo empecé a trabajar a esa edad medio por casualidad, no había buscado trabajo como actor y ya trabajaba. De hecho yo estudiaba Bellas Artes y no me decidí a dejar la facultad hasta los 22, o sea muchos años después. Como estaba haciendo dos carreras a la vez, siempre pensé “cuando me aburra de actuar, lo dejo”. Y fui muy afortunado, el hecho de que siempre me atrapó mucho la actuación y nunca me aburrí, por eso dejé la otra vocación, que la tenía muy desde chico, porque había decidido estudiar Bellas Artes a los 11 años. Siempre me dio mucha curiosidad la actuación y de alguna manera eso está metido un poco en “El peso de la ley”, por el tema vocacional.

—A ver, explicame eso, por favor.

—Claro, porque el tema original de la película me era muy lejano y yo hice una investigación muy grande de un par de años para entender más el mundo legal, pero siempre entendía el conflicto de la protagonista, que es cuando empezás a estudiar por vocación y cuando se profesionaliza y te sentís decepcionado por el oficio. Yo, de alguna manera, me siento con mucha suerte porque no sólo me sigue gustando actuar, y veo que hay muchas cosas por hacer, sino que además al decidirme escribir un guión y dirigir es como que se abre un abanico tal, que es como si sintiera que estoy cambiando de piel y empezando de nuevo.

—¿Cómo es dirigir cuando ya sabés cómo es estar del otro lado del mostrador?

—Es una de las zonas más placenteras de dirigir, y me sentí muy cómodo y más que nada muy familiarizado, como que ese idioma lo conocía de toda la vida, y además con quienes trabajé en esta película han sido mis compañeros como actores. Entonces fue muy fácil primero tener semejante elenco en una ópera prima y sentir que podíamos buscar cosas muy sutiles. A mí me da mucho orgullo contar con la actuación de ellos en la película y saber que podíamos ir a zonas que con cada uno de los actores soñamos con tratar de ir a buscar algo ahí. Ese hecho de sentir que en la primera toma lograste lo correcto y vas hacia adelante.

—¿Qué sensaciones tuviste en tu primera vez detrás de una cámara?

—Mirá, me paso algo curioso el primer día que Darío entró en escena. Yo estaba mirando por la cámara y él entró vestido de juez al despacho del juez pasando la letra ya en personaje y era Darío, que para mí es Darío porque ha sido compañero mío. Ahí recuerdo que lo miré al asistente y le dije: “boludo, Darío Grandinetti trabaja en mi película, no lo puedo creer”. Porque claro, como compañeros de trabajo eran Darío, Paola, María y Jorgelina Aruzzi, que yo le digo Jorge, y cuando veía esos actorazos y poder dirigirlos, me sentía como alguien nuevo, como cholulo me ponía.

—¿Qué te movilizó a hablar del tema de la justicia y la violencia de género, que de hecho hace tiempo que son temas de actualidad?

—Es un proyecto de muchos años atrás, y a mí me gusta todo el cine, desde Spielberg a Tarkovski, pero me gusta cuando una película puede ser de género, puede ser entretenida y profundizar sobre un tema. Para mí el cine no tiene necesidad de ser aburrido si es profundo o de ser entretenido y no hablar de nada. Yo tenía en claro que quería hacer una película de género, y el coguionista, que es Roberto Gisper, que es abogado, me habló de un expediente que tenía, que es este caso, y me dijo que era un compendio de todo lo que el Poder Judicial le puede arruinar la vida al acusado y a la víctima, como que todos los defectos posibles del Poder Judicial estaban ahí adentro. Y es un expediente que usualmente circulaba en los Tribunales de Mar del Plata como un chiste, se reían de ese expediente por lo absurdo que era. Entonces sentí que ahí estaba la película de abogados, que en términos de género es un thriller judicial, pero me parecía divertido que fuera una película con el sentido del humor de los abogados y también como una película norteamericana pero con abogados de acá, donde en los despachos no anda el baño y esas cosas.

—El título de “El peso de la ley” hacia dónde se dirige más allá de lo estrictamente judicial?

—Hicimos una investigación hablando con gente del Poder Judicial y sentimos que podía ser el peso de la ley sobre cada uno de los escalafones de la Justicia, desde el juez que es Grandinetti hasta la fiscal Onetto, la abogada Paola y el secretario que es Darío Barassi. Y todos nos contaban su problemática: la dificultad ética y el hecho de que es tan dura como profesión que a veces te vuelve insensible a los hechos y te va volviendo cínico. Eso es lo que pasó en el proceso de la película, ya que podíamos mostrara todos los engranajes de la Justicia y cómo ellos no se dan cuenta de todo lo que puede llegar a hacer la maquinaria adjunta.

Hay equipo. Fernán Mirás, junto a los protagonistas Paola Barrientos, Darío Grandinetti y María Onetto.

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